| Sábado 14 de agosto del
año 2004 Potosí - Bolivia
Evocando el periodismo potosino
Cómo se cuece un
marido
Carlos
Fernando Puma Aguilar
Una distinguida
dama, en una conferencia que versaba sobre culinaria, se dirigió
a sus circunstantes de la siguiente manera:
—Ahora bien mis queridas amigas —dijo enjugándose las manos en
finísima toalla— puesto que les he enseñado ya como se
cuecen las carnes, los peces y las aves; voy a hacerles conocer una
excelente receta para cocer a los maridos, a fin de hacerles blandos,
buenos y tiernos.
La concurrencia prorrumpió en estrepitosas risas. Pasada esta
descarga de femenina hilaridad, las solteras prestaron atención;
las casadas se acercaron más para oír mejor y el
auditorio hizo silencio.
Un gran número de maridos —prosiguió la profesora— se
echan a perder por falta de buenos procedimientos; algunas esposas los
"manipulan" como a vejigas, y a fuerza de soplarlos los revientan.
Otras los mantienen de continuo en agua caliente, mientras que hay
muchas que les dejan helar por descuido o indiferencia. Algunas hay que
los estofan con irritantes modos y palabras; y otras las tuestan y no
son pocas las que los avinagran para toda la vida. Sin faltar muchas
que les extraen del bolsillo más jugo que su "organismo
económico" puede dar, lo cual los consume perdiendo las
"propiedades" nutritivas o de alimentación. Nadie puede
imaginarse que un marido llegue a ponerse tierno tratando de esa
suerte, pero yo les aseguro que son realmente deliciosos cuando se los
maneja con toda consideración y propiedad, con el tratamiento
que les voy a indicar.
Para elegir su marido les aconsejo que no se dejen guiar por la
"plateada" apariencia, como quien escoge macarelas; ni por sus "tintes
de oro", como se elige el salmón; y puesto que los gastos
difieren, tengan cuidado de hacer por ustedes mismas la
elección. No vayan a buscarlo al mercado, ni a las plazas, ni a
las fiestas, ni a los teatros, ni a los templos; los que son mejores
son los que vienen a la puerta de nuestra casa, como son peores
aquellos que llegan a la ventana, y es preferible tomar ninguno hasta
saber pacientemente como se cuecen:
Tómese una cacerola de la más fina porcelana; pero si no
tienen otra cosa, una cacerola de barro servirá lo mismo. Vea
bien que los lienzos en que lo envuelvan estén bonitamente
lavados, poco endurecidos por el almidón, bien cocidos con el
correspondiente número de botones y trenza bien pegados.
Atarle dentro de la cazuela con una fuerte cuerda de seda que se llama
"confort", pues la que se hace del simple deber, a secas, es muy
propensa a romperse por débil…
Suelen, los maridos, volar fuera del receptáculo y quemarse, y
hasta achicharrarse sobre las brasas, pues, como a los cangrejos y
langostas, se les debe cocer vivos y para evitar todo contratiempo
deben formar un hermoso y constante "fuego" con combustible de amor,
limpieza y contento…
Animen bien esta llama que con tan excelente gusto los sazona y se
escupe, silba y barbota; no se preocupen, algunos maridos hacen todo
eso hasta que están en sazón…
Acudir con un poco de azúcar en forma que los confiteros llaman
"besos", pero pimienta o vinagre ni soñarlo… un tantito de
especias les hace bien; mas, éstas deben propinarse con
prudencia y algunas veces humedecidas con lágrimas de
sinceridad. No lo pinchen para ver si está tierno,
muévanlo con suavidad y agasajo mientras se cuece con toda
regla; vigilarlo bien, no sea que se peguen demasiado a la cazuela…
Es imposible que por ese método no conozcan cuando esté
en condiciones de gustarse. Si lo tratan por ese procedimiento, lo
encontrarán siempre muy digerible sin necesidad de brandis ni
vinos, que por lo regular embotan el organismo y el entendimiento. Sin
licores serán muy sabrosos para ustedes y para la prole, y se
conservarán todo el tiempo que quieran en buenas condiciones…
A menos que se hagan negligentes, desabridas y su indiferencia los
relegue a un lugar demasiado frío e insípido; entonces si
se congela o "corrompe", según las condiciones del
procedimiento, la culpa será suya y no deben quejarse sino a
ustedes mismas en sus aflicciones y en sus desgracias…
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